13 de enero de 2009

¿Quién eres tú?

Cómo reaccionamos ante la oportunidad de ser reconocidos, tomados en cuenta y respetados?, ¿cuáles son nuestras actitudes o acciones cuando dicho reconocimiento o «popularidad» nos alcanza aunque no lo hayamos buscado? ¿Cómo debemos manejarnos en estos nuevos ambientes? ...

En la historia bíblica se destacan tres preguntas hechas por Dios que, sencillamente, me impresionan; y no es precisamente la pregunta, sino lo que ella revela al que es cuestionado. La primera se hace en el huerto del Edén, Dios cuestiona a Adán después de su caída: «¿dónde estás?», la segunda, es la pregunta que Jesús le hace a los discípulos de Juan el Bautista, cuando por instrucción de este comenzaron a seguirlo, la pregunta en esta oportunidad fue: «¿qué buscan?». Y la tercera la tenemos en la muy conocida historia de Jacob, cuando después de pelear con él, Dios le pregunta «¿cómo te llamas?»

Estas tres preguntas, que Dios mismo hizo a estas tres personas, me mueven a averiguar qué buscaba con ellas; ¿información?, esta posibilidad se descarta, porque estaríamos afirmando que Dios no sabe todas las cosas como siempre hemos creído; o, ¿desafiar luego de redargüir? Creo que detrás de estas preguntas hay un desafío directo del Señor a sus siervos. No son para que Dios obtenga información, sino para hacer a la persona consciente de su realidad en cuanto a dónde está, qué busca y quién es ella, tras la búsqueda de sus propias respuestas.

¿Dónde estás? no es más que ¿cuánto estás creciendo?, ¿cómo está tu vida espiritual hoy?, ¿cuánto has madurando? Es una confrontación directa al lugar donde nos encontramos desarrollando el ministerio ¿arenas movedizas o terreno firme?

¿Qué buscas? Esta pregunta nos desafía a discernir con toda honestidad qué nos mueve verdaderamente a servir a Dios. ¿Buscamos los beneficios —títulos puestos, reconocimientos— que él nos da o lo buscamos a él?, ¿y si no hubieran «beneficios», seguiríamos amándolo?

¿Cómo te llamas? Sin lugar a duda es la pregunta más relevante. Desafía a la persona a indagar en lo más íntimo y a contestar con honestidad. Debe hacerlo como lo hizo Jacob cuando dio su nombre, pues en realidad lo que confesó fue «soy un engañador». Responder a esta pregunta no es tarea sencilla. Es la misma respuesta que debemos dar a la pregunta ¿quién eres?

La pregunta ¿cómo te llamas? provoca el deseo de conocer a la persona en su interior. ¿Quién eres?, ¿quién eres cuando estás a solas? y ¿quién eres cuando estás frente las multitudes?, ¿quién crees que has llegado a ser?

Si es o no completamente honesta la respuesta a cada una de estas tres preguntas, solo lo apreciaremos al considerar quién es la persona que las hace. Cuando es Dios mismo, no hay posibilidad de escapar, de mentir, o de cambiar de algún modo la historia. Como Dios conoce todo lo que está escondido para el ojo humano, no hay nada qué hacer, no hay alternativa, debemos decir la verdad acerca de dónde estamos, qué buscamos y quiénes somos. Delante de la presencia de Dios siempre nuestra realidad sale a la luz. Pero lo verdaderamente curioso es que, cuando son las demás personas las que hacen las mismas preguntas, ya sea por orgullo, por jactancia o por gloria, muchos de los líderes contestan más de lo que debieran. Esto se observa cuando algunos predicadores invitados son presentados antes de su exposición, tal pareciera que el cielo se detiene para dar paso al «súper hombre» de Dios.

Es justamente en este asunto que Juan el Bautista nos da un gran ejemplo de humildad cuando lo interrogaron acerca de su identidad. Es sobre esta pregunta que reflexionaremos en este artículo: ¿Quién soy?

Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle:
—¿Quién eres tú? Él confesó y no negó. Confesó: —Yo no soy el Cristo.
Y le preguntaron: —¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: —No soy. —¿Eres tú el Profeta? Y respondió: —No.
Entonces le dijeron: —¿Quién eres? Tenemos que dar respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?
Dijo: —Yo soy «la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías. Juan 1.19–23

Los que interrogaron a Juan eran hombres. Pero no simples hombres, sino sacerdotes y levitas. Con ellos era preciso quedar bien Con los altos jerarcas, con los pastores, con los líderes muchos buscamos alardear de grandeza. Que sepan que tenemos también lo nuestro. Pero a diferencia de lo que yo personalmente hubiera dicho, Juan responde a la primer pregunta con un: «Yo no soy el Cristo.» Y si observamos bien, la pregunta que le hicieron fue otra: ¿Quién eres tú? Nunca le preguntaron que si era el Cristo. Pero Juan previendo lo que ellos suponían respondió directamente y sin rodeos. Permítame parafrasear lo que me parece que Juan dijo: «Ni crean, ni siquiera lo piensen, yo no soy y nunca seré el que es grande en verdad, Jesucristo.» Fue su forma espectacular de no arrogarse una dignidad mesiánica que solo el Mesías posee, «ser la estrella de la historia». La actitud opuesta a la de Juan preocupa en gran manera, solo basta ver cada presentación de «siervos» que actualmente se da en algunas iglesias del Señor, que más bien parecen ellos los dioses y Dios el siervo. Son «siervos» con corazón de señor.

Entonces, cuando nos pregunten ¿quién eres?, podemos seguir el ejemplo de Juan el Bautista, «Jesús es el que importa, no lo que yo sea, o lo que yo haga». ¡Es lo que él hizo lo que importa, no lo que yo hago! No quiero con esto caer en extremos. Por supuesto podemos informar sobre lo que hacemos, pero este no es el problema, sino la actitud con la que anunciamos «todo lo que tenemos» como si en verdad fuera por nuestro propio poder que tenemos ciertos logros.

Con la segunda y tercera pregunta —¿Eres tú Elías? ¿Eres tú el Profeta?— respondió con la misma actitud. Juan engrandece de nuevo el nombre de Dios al responder con sencillez: «No.» Y reafirma con su corta respuesta que el reino de Dios no se trata de quién es él, sino de quién es el que lo envió. Al ver los sacerdotes y levitas que no podían atraparlo en sus palabras le preguntan de nuevo: «¿Quién eres?» «¿Qué dices de ti mismo?» Y Juan dice una de las frases más significativas para la vida de todo cristiano; en el versículo 23 afirma: «Soy la voz de uno que clama».

¡Sencillamente impresionante! Se define como uno. Solamente eso. Soy uno de los tantos que aman a Dios. Soy simplemente uno que quiere ayudar a que la gente busque a Dios. Soy uno entre los millones que sirven al Señor en este mundo. Soy solo eso, uno. Declara que es uno, no el «único». Hay una marcada diferencia entre ser uno a ser el único. Si hubiera dicho que era el único, hubiera hablado con arrogancia, mentira, fraude, engaño.

Ante esta conciencia de Juan no puedo evitar recordar a Elías, que lloraba en una cueva quejándose ante el Señor porque se creía el único que no había doblado sus rodillas a Baal. La respuesta del Señor tuvo una mezcla de confrontación y humor al decirle que él no era el único, sino que además de él había nada más y nada menos que siete mil personas que tampoco habían doblado sus rodillas a Baal. No solamente Elías, sino también nosotros mismos creemos a veces que somos los únicos en el mundo, que nuestra iglesia es la única, y que incluso nuestro ministerio pareciera, a nuestra propia mirada, que es el único capaz de tocar vidas.

Y para hacer un cierre de película, en el versículo 25, cuando cuestionan su ministerio: «¿Por qué bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?», Juan vuelve a hacer de las suyas al dar una respuesta que va más allá de la pregunta. Juan confiesa en el versículo 26: «Yo bautizo en agua, pero el que viene después de mí ... ni siquiera soy digno de desatar la correa de su calzado.» Para Juan el Bautista nunca fue importante su trabajo, Jesús era todo. Su misión era menguar, era «desaparecer». Por eso fue capaz de nunca buscar hacer méritos para ser reconocido, para ser aplaudido o apreciado por lo que hacía. Por el contrario, hizo todo su esfuerzo para que quitaran de él la mirada y la posaran en aquel a quien debían mirar, a Jesús.

Buscando ser honesto, abriendo mi corazón al máximo, si yo en este tiempo estuviera ocupando la posición de Juan el Bautista e igualmente fuera interrogado ¿Quién eres?, quizás las siguientes hubieran sido algunas de mis respuestas:


Para la honra y gloria de mi Señor, soy el único que conoció a Jesús desde que estaba en el vientre de mi madre. Incluso me regocijé cuando supe que él estaba frente a mí en el vientre de su madre. Y fui lleno del Espíritu Santo por mi propio primo Jesús.
Soy el mensajero de Dios. Pero no como muchos otros mensajeros que andan por ahí; yo soy diferente. Incluso soy el único que bautizo en el Jordán, los demás ni «Jordán» tienen. Me parece impresionante, que Dios me haya dado exclusivamente el ministerio del bautismo de agua. Gente de todos lados viene a bautizarse, incluso confiesan sus pecados delante de mí. Claro… todo esto lo cuento para la gloria de Dios.

Soy uno que tiene un ministerio de avanzada, confronto a la gente y miles se convierten a Dios. Dios me eligió así, con este carácter. He logrado hacer convocatorias multitudinarias, tengo un gran liderazgo, y soy un modelo para muchos. Estoy pensando en hacer un programa de radio y bautismo por internet. Lo que no sé es cómo hacer con el agua, pero vamos adelante. Quizás me dé resultado.

He desarrollado el «modelo del bautismo». Cada día asisten más a las aguas. De seguro es el bautismo de multiplicación. Estamos tratando de abrir algunas sucursales bautismales. Además estoy a punto de publicar un libro llamado Un bautismo sin berreras.
Jesús, refiriéndose a mí, dice que soy antorcha que arde y alumbra, y además afirma que no ha habido otro como yo sobre esta tierra. Claro, lo cuento no para que hagan una doctrina de esto, sino para que vean cómo Dios me está usando. ¡Bendito sea su nombre!
Yo tengo un espíritu diferente que muchos no entienden, vine en el espíritu de Elías. Es decir, «se ponen a cuentas con Dios o los quemo a todos...»
Mis últimas conferencias sobre bautismo han logrado que llegue a muchos otros países de habla hispana. Ahora queremos bautizar en el mar Caribe, en algunos ríos grandes de la región y, si podemos, en el Mar Muerto.

Parece risible, pero en realidad así nos escuchamos cuando nos preguntan quiénes somos. Dejamos de glorificar a Dios y nos vestimos con el traje de «siervos» en busca de aplausos. Dando honor a nuestros logros, nuestros títulos, nuestras posiciones. Sin acordarnos de que nada de esto tiene sentido sin Jesús.

Consiervos, líderes y pastores, volvamos a vivir el evangelio en el que el grande solo es Jesús. Volvamos a morir si es que nos bajamos de nuestra cruz, para que nosotros disminuyamos y del único que hable la gente sea de él.

Por Marco A. Vega

Gentileza: Desarrollo Cristiano.
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