19 de enero de 2009

Fe y razón.

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Me pregunto si no será temeridad el intento de abordar el tema en un artículo que forzosamente ha de ser más bien breve. Toda simplificación de los conceptos inevitablemente produce lagunas, incluso desfiguraciones. Pese a ello, algunas consideraciones elementales sobre ambos conceptos me parecen una necesidad. Sigue habiendo multitud de personas que se sienten turbadas ante la relación fe-razón. Ven esa relación como antagónico enfrentamiento, como una disyuntiva inevitable: «O la fe o la razón». La consecuencia es que una de las dos sucumbe ante la fuerza de la otra, con lo cual se produce un empobrecimiento, y quizá una turbación mayor. No se les ocurre a tales personas que la conjunción no necesariamente ha de ser disyuntiva. Puede ser copulativa, como en el título; no fe o razón, sino fe y razón. No contraposición excluyente, sino complementariedad armonizadora.

La primera dificultad con que tropezamos es que los conceptos (razón y fe) son imprecisos y polivalentes. Ello nos obliga a concretar el significado de ambos y a observar sus efectos, especialmente en la experiencia religiosa.

La razón
La Real Academia de la Lengua define la razón como la «facultad de discurrir», y «discurrir» (en su 4ª acepción) como «reflexionar, pensar, hablar cerca de una cosa, aplicar la inteligencia». Puede concretarse más diciendo que es la capacidad del intelecto humano para desarrollar una actividad mental organizada mediante la asociación de ideas, la inducción y la deducción de inferencias. Es precisamente esta facultad lo que distingue al ser humano del resto de animales. En la perspectiva cristiana es vista la razón como uno de los dones más preciados otorgados al hombre por el Creador. No puede, pues, ser menospreciada, y menos aún anatematizada. Sin embargo, cuando es elevada a la categoría de árbitro incuestionable en el campo del pensamiento se cae en el racionalismo, doctrina según la cual el único órgano adecuado o completo de conocimiento es la razón. En la esfera del pensamiento sólo importa lo que puede ser demostrado, con lo que se descarta toda religión subjetiva.

En el curso de los últimos siglos el racionalismo ha ido evolucionando hacia formas que han trascendido el mundo de las ideas y de la lógica (empirismo, positivismo, existencialismo, cientificismo, etc.), pero subsiste el apego a lo demostrable. De ahí el arraigo del escepticismo, el agnosticismo o incluso el ateísmo en la sociedad de nuestros días. En el proceso se ha puesto de manifiesto que el racionalismo en cualquiera de sus formas yerra en su metodología cuando intenta aplicarlo al fenómeno religioso, pues los elementos esenciales de éste trascienden los límites de la razón. Ningún argumento racional puede probar la Trinidad de Dios, ni la encarnación de su Hijo eterno, ni el misterio de su muerte, ni lo cierto de la vida eterna. Pero de igual modo ningún silogismo puede probar lo contrario. Pretender que la razón tenga la última palabra en cuestiones que escapan a su dominio sería como querer sacar el agua de un estanque con una excavadora. Esta máquina es maravillosa para extraer tierra y rocas, pero no para sustituir a una bomba hidráulica. En la búsqueda de la verdad debe tenerse en cuenta que, según el tipo de verdad, debe escogerse el método para alcanzarla. No desvariaba Pascal cuando se refería a «razones que la razón no comprende».

Por otro lado, no se debe descartar la posibilidad de que, como señala la Biblia, la capacidad racional del hombre haya sufrido un serio deterioro a causa de la caída humana y el alejamiento de Dios. En palabras del apóstol Pablo, «(los hombres) se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido» (Ro. 1:21). Por lo general, el ateísmo o cualquier otra forma de rechazo de la fe cristiana no se debe tanto a razonamientos equilibrados como a modas de pensamiento o a motivos morales. La mayoría de personas no rechazan el Evangelio porque sea irrazonable, sino porque les disgustan las implicaciones de su mensaje. Aceptarlo pondría fin al «vive como quieras» que ha presidido su conducta.

Resumiendo lo concerniente a la razón: es una facultad preciosa que toda persona debe usar. No es sensato minusvalorarla alegando una superior espiritualidad. John Stott acuñó una frase luminosa: «Creer es también pensar». Pero, por otro lado, la razón, magnífica sierva, no puede convertirse en señora que domine absolutistamente todas las áreas del pensamiento. En el plano religioso no puede prescindir desdeñosamente de la fe, que también tiene mucho de razonable. Posiblemente sobre la razonabilidad de la fe cristiana escribiré en algún artículo próximo si Dios lo permite. Ahora me limitaré a completar el presente «tema» con el elemento que nos queda por considerar:

La fe
Se dice que nadie puede vivir sin fe de algún tipo. Cierto. Si subo a un avión para deplazarme a un determinado lugar es porque CREO que la perfección técnica del aparato y la pericia del piloto hacen que el vuelo, con muchas probabilidades, se realizará normalmente. Si estoy enfermo y me pongo en manos de un médico es porque CREO que sus conocimientos pueden contribuir a mi curación. Pero el verbo «creer» -al menos en el léxico cristiano- tiene un sentido más profundo. Es expresión no sólo de una creencia, sino de una experiencia religiosa. Es fe en Dios, en Cristo, en su Palabra. Determina mis ideas, pero también mis sentimientos, mis actitudes, mi comportamiento en una acción integradora de todos los elementos de mi personalidad.

Esencialmente la fe cristiana es conocimiento, asentimiento, confianza y entrega: conocimiento de la verdad revelada y transmitida por la Palabra escrita; adhesión mental a su contenido; confianza en que la Palabra de Dios es la verdad y, sobre todo, confianza en Dios mismo y en su fidelidad para cumplir sus promesas. La manifestación final de la fe es la entrega del creyente a Cristo, su Salvador y Señor, para servirle con gratitud. Todo ello no es resultado de razonamientos por parte del creyente. Proviene de la Palabra de Dios (Ro. 10:17) oída, creída y aceptada. En ese proceso la actuación del Espíritu Santo es decisiva. Sin embargo, esa acción no excluye la reflexión de la mente a medida que la Palabra la ilumina. De lo contrario sólo tendríamos la «fe del carbonero»; llegaríamos a creer sin saber concretamente qué ni por qué. No obstante, conviene estar prevenidos contra al peligro de caer en el dogmatismo. La fe debiera estar siempre abierta a una comprensión más amplia y profunda de la verdad.

¿Puede considerarse esta fe compatible con la razón? Indudablemente, siempre que se recuerde el carácter de la una y de la otra, así como las limitaciones de la última. La fe generada por la Palabra de Dios trasciende lo natural, lo visible y lo temporal para introducirnos en lo sobrenatural, lo invisible y lo eterno. Según la carta a los Hebreos, «la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (He. 11:1), y como ejemplo, la misma epístola menciona a Moisés, quien «por la fe se mantuvo firme como viendo al invisible» (He. 11:27). Pero dentro de este orden sobrenatural la fe no anula la razón; simplemente la supera; instruida por la Palabra, llega adonde la razón no puede llegar. Por tal motivo, la razón debe respetar el plus de conocimiento otorgado a la fe, del mismo modo que la fe ha de honrar a la razón y beneficiarse de los apoyos que en algunos momentos puede prestarle. La apologética cristiana, mayoritariamente, así lo ha entendido, como se ve en la historia de la Iglesia. Aunque autores como Tertuliano, preconizaron un divorcio total entre la fe y la filosofía, muchos otros han aplaudido la fides quaerens intellectum, la fe que busca entender, aun reconociendo que la fe es una fuente inestimable de conocimiento. Anselmo de Canterbury confesaba: Credo ut intelligam, creo para comprender. Y a esta máxima añadía: «Deseo, Señor, comprender tu verdad que mi corazón cree y ama. Porque no busco entender para poder creer, sin que creo para poder entender». Sin duda, se hacía eco de la fórmula de Agustín: Intellige ut credas, crede ut intelligas, entiende para creer y cree para entender.

Y si alguien persiste en un racionalismo excluyente, resistiéndose a creer lo que no ve o entiende, hará bien en reflexionar sobre las palabras de Jesús al incrédulo Tomás. «Porque me has visto, Tomás, has creído. Dichosos los que no han visto y, sin embargo, creen» (Jn. 20:29).

Por José M. Martínez – Pensamiento Cristiano.
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