7 de octubre de 2008

Vanidad de vanidades... ¿todo vanidad?


El secreto de una vida feliz.

«Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.» (Ec. 1:2)


Las palabras de este versículo no fueron escritas por un agnóstico o un filósofo existencialista. Brotaron de la mente y los labios de un predicador (Ec. 1:1) que había ahondado en el sentido de la vida «debajo del sol» con todas sus paradojas y contradicciones. Fruto de sus reflexiones es una cadena de conclusiones deprimentes. Las ha elaborado con gran objetividad a la luz de sus variadas experiencias personales, expuestas en los primeros diez capítulos del libro de Eclesiastés. Y todas esas experiencias conducen a la misma conclusión: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad», lo que equivale a «vacuidad», es decir «vacío». Vacío y desilusión es el trabajo con que se afana el hombre (Ec. 1:3). Vacío -o vanidad- la sucesión de generaciones humanas (Ec. 1:4). Carencia de sentido en lo rutinario del vivir cotidiano (Ec. 1:5-7). «Todas las cosas dan fastidio, más de lo que el hombre puede expresar» (Ec. 1:8). Y a partir del versículo 8, el texto de Eclesiastés es una exposición de sucesivas frustraciones: la futilidad de la sabiduría humana (Ec. 1:17), el placer (Ec. 2:1), la abundancia de posesiones materiales (Ec. 2:10).

Prosigue el predicador la exposición de males y frustraciones que acompañan a las experiencias más variadas del ser humano, todo lo cual culmina con la enigmática experiencia de la muerte.

Ni aun la vida más favorecida por el bienestar está exenta de días oscuros y de duro sufrimiento. Es aleccionador el testimonio del eminente poeta alemán Johan W. Goethe: «Me llaman mimado de la fortuna, y no me quejo del curso de mi vida. Sin embargo, todo ha sido fatiga y dolor. Puedo decir con verdad que en setenta y cinco años no he disfrutado ni cuatro semanas de verdadera satisfacción». No es de extrañar que filósofos existencialistas como Sartre o Camus hayan visto la vida humana envuelta en la más negra oscuridad y que algunos de ellos hayan visto el suicidio como única salida coherente. No es de extrañar que tal visión de falta de sentido de la vida mueva a un número creciente de personas a visitar la consulta de psiquiatras o psicológos.

Después de casi tres mil años, los problemas de la existencia humana siguen planteándose al hombre de hoy con la misma inquietud, y con idéntica amargura, que para los contemporáneos del Predicador salomónico. Si observamos nuestra existencia objetiva y friamente, a la luz de nuestra deficiente sabiduría, nos resultará muy difícil escapar a su conclusión: «Todo es vanidad». Todo vacío y tedio. Todo punzante insatisfacción.

Pero en el fondo la conclusión del libro es mucho más luminosa de lo que puede parecer a primera vista. A pesar de todas las vanidades, no induce a la desesperación. Más bien aconseja disfrutar con moderación y sensatez de los goces que todavía puede ofrecer la vida. Todo ello bajo la soberanía de Dios y la autoridad de sus leyes. Así se deduce de la conclusión del libro: «El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre» (Ec. 12:13).

Plenitud de plenitudes... ¡todo plenitud!
Don Miguel de Unamuno gustaba de contraponer la plenitud a la vanidad. Había mucho de verdad en esa contraposición. No todo es vacío y desilusión. Hay algo -Alguien- que con la plenitud de sus dones colma de satisfacción a quienes confían en él y le siguen. Ese Alguien es el Dios que se reveló en su Hijo eterno, Jesucristo. De él declara Cristo mismo: «Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia» (Jn. 10:10). Posiblemente estas palabras de Jesús inspiraron al apóstol Juan a escribir: «De su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia» (Jn. 1:16). ¿Plenitud de qué?

Plenitud de sabiduría
A los redimidos por la sangre de Cristo Dios se nos concede como don preciadísimo «toda sabiduría e inteligencia» (Ef. 1:8). Obviamente no se refiere esta sabiduría a la posesión de grandes conocimientos científicos o a capacidad para formular intrincados sistemas filosóficos. La sabiduría, en su sentido bíblico, tiene un carácter moral y espiritual. La verdadera sabiduría es la que se obtiene de la revelación de Dios en Cristo. Hondamente iluminadoras son las palabras de Jesús en una de sus oraciones: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas de los sabios y de los entendidos y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre, y nadie conoce perfectamente al Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo lo quiera revelar (...). Venid a mí...» (Mt. 11:25-28).

En Cristo, el creyente que va a él descubre no sólo plenitud de sabiduría, sino también

Plenitud de paz
Es la paz que mostró el Señor Jesucristo en los momentos más próximos a su pasión y muerte. Aquella hora sombría de su vida era propicia al temor y el temblor; pero Jesús, con serenidad insólita, dice a sus discípulos: «la paz os dejo; mi paz os doy» (Jn. 14:27). «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero tened ánimo, yo he vencido al mundo» (Jn. 16:33).

Es comprensible que los apóstoles predicaran «la paz por medio de Jesucristo» (Hch. 10:36) y que uno de ellos -Pablo- recomendara la oración intensa para obtener sosiego en todo tipo de circunstancias «y la paz de Dios, que sobrepasa a todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Fil. 4:6-7).

Plenitud de gozo
En la vida del creyente, la paz viene íntimamente relacionada con el gozo. Ambas realidades aparecen de forma consecutiva en la descripción del fruto del Espíritu (Gá. 5:22). La paz de Cristo genera gozo y éste, a su vez incrementa la paz. Palabras del Señor Jesús: «Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido» (Jn. 15:11). Este ingrediente de la felicidad no podía faltar en la relación Maestro-discípulo, Señor-siervo. En la vida de los seguidores de Cristo no faltan oposición y tribulaciones, pero al final «todo se torna en gozo» (Jn. 16:20).

Abundancia de esperanza
En la vida del cristiano no todo acaba en desilusión, en «vanidad» y amarga frustración. Con sabiduría excelente, el escritor sagrado escribe el final de su discurso: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre» (Ec. 12:13), lo cual abre una avenida amplísima de esperanzas. Así lo puede ver el lector si leyó los tres últimos temas del mes de «Pensamiento Cristiano». Un resumen muy apretado del tema lo encontramos en el capítulo 8 de la carta a los Romanos (Ro. 8), considerado el himno más formidable de la esperanza cristiana.

A la «vanidad de vanidades» de Eclesiastés contrapone Pablo la culminación de su mensaje: «La creación perdió toda su razón de ser, no por propia voluntad, sino por aquel que así lo dispuso;, pero le quedaba siempre la esperanza de que también la creación misma serrá liberada de la servidumbre de la corrupción a la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Ro. 8:20-21, DHH).

¡Glorioso triunfo de la gracia de Dios!

José M. Martínez
Gentileza: Pensamiento Cristiano.
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