11 de enero de 2008

Los Justos


La memoria de los justos

A Lou Clark, ejemplo vivo de una justa que es bendición

En la comunidad de fe su testimonio es vital, vivificante. Siempre son necesarios los referentes palpables que, pese a la misma fragilidad humana que comparten con nosotros, trascienden y nos dejan ejemplos de inspiración en la tarea de proseguir al blanco, es decir, en seguir las pisadas de quien “se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos” (Filipenses 2:7, NVI).

El libro de los Proverbios tiene entre los temas que lo recorren de principio a fin el de la sabiduría y las características de los seres humanos que describe como justos. Éstos últimos son caracterizados como quienes tienen un conocimiento, racional y espiritual, de quién es Dios, su actuar en la historia general y personal, así como su carácter moral que debe reflejarse en aquellos que dicen conocerle. Los Proverbios claman por la integridad de los que están en posiciones de liderazgo social, y también dentro de los pequeños espacios de las relaciones humanas que tienen lugar en la familia y el trabajo. De ahí que en el capítulo 11 versículo 3 leamos: “A los justos los guía su integridad; a los falsos los destruye su hipocresía”. Recordemos que hipocresía es, como la describe el diccionario de la Real Academia Española, el “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”.

En nuestra sociedad global, que está dominada por la conjura de los hipócritas, son un bálsamo los justos, hombres y mujeres, que permanecen íntegros y siguen esforzándose porque exista la congruencia entre su creencia en el Evangelio y su conducta cotidiana. Conocer esas historias de integridad, con sus episodios de tropiezos, transmite confianza y aviva el discipulado porque acrecienta nuestra convicción de que lo esencial es mantener los “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2), y no en personajes o sistemas políticos o eclesiásticos.

No por ritualismo, sino por una disciplina intelectual, espiritual y volitiva, los últimos y los primeros días de cada año cada vez son, para mí, tiempo de reflexión especial. Tal reflexión es diversa: gozosa, de gratitud, en ciertos momentos lacerantes, renovadores, con esperanza, festivos, comprometedores, y muchas cosas más. Con más fuerza está presente una cierta evocación, el recuerdo de quienes han sido, y son, bendición en mi vida. Son hombres y mujeres del pasado y del presente. Por distancias históricas y geográficas, a varios de ellos solamente les conozco por haber leído acerca de sus vidas. A otros me ha sido dado el enorme privilegio de convivir con ellos y ellas, recibir preciosas muestras de su magnanimidad y amor.

Lo dice bien Proverbios 10:7, “La memoria de los justos es una bendición, pero la fama de los malvados será pasto de los gusanos”. Hacer memoria es más que recordar con nostalgia, es traer al presente una idea o persona que nos ha marcado y esa marca nos compromete. Un pequeño acto de fidelidad al llamado del Señor, una acción diminuta de justicia conforme al espíritu de la Palabra, tiene enorme repercusiones en muchos lugares y vidas. Se trata del “efecto mariposa” para bien de quienes el autor del hecho ni siquiera conoce o sabe de su existencia. Como Abraham, quien “por la fe cuando fue llamado para ir a un lugar que más tarde recibiría como herencia, obedeció y salió sin saber a dónde iba” (Hebreos 11:8, NVI). La obediencia de tantos al llamado del Señor, en ocasiones acompañada de dudas y retrocesos pero obediencia al fin, nos ha traído bendición y por ello nos compromete a nosotros a escuchar con atención hacia dónde dirigir nuestros pasos.

Ante una súper oferta de certezas de temporada, que se desvanecen apenas alcanzan cierto auge, debe afianzarse en quienes por compromiso de fe confesamos que Jesús es Señor y Salvador la pregunta/respuesta de Pedro: “¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:68-69). Esta verdad es refugio que permanece incólume ante los embates de incongruencia, infidelidad y corrupción –con frecuencia revestidos de tonos santurrones- que los cristianos hemos perpetrado y nos cuesta tanto confesar. Los justos, en el espíritu bíblico, no esconden sus flaquezas, las reconocen como parte de su humanidad y se acogen no a sus méritos sino a que el “justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17).

Mi memoria personal de los justos la componen hombres y mujeres conocidas urbi et orbi, pero también están quienes difícilmente trascienden más allá de un pequeño círculo regional o local. Son como la mujer viuda y pobrísima que Jesús puso de ejemplo a los poderosos y ricos, porque ella dio sacrificialmente todo lo que en ese momento tenía (Marcos 12:41-44). ¡Y la mujer ni supo que Jesús la eligió para ejemplificar cómo debemos dar! Recuerdo con sacudidas del corazón a mis hermanos indígenas de Chiapas, que han optado por no hacer el mal a quienes los han despojado de sus bienes, expulsado de sus tierras, perseguirles y, en no pocas ocasiones, causarles heridas y hasta la muerte. Decidieron enfrentar, como dice Romanos 12:21, al mal haciendo el bien. Practican la ética de poner la otra mejilla, pero no en el sentido de conformismo que se resigna (como muchos mal entienden lo de la otra mejilla), sino con plena conciencia de que su respuesta pacífica busca cambios conductuales en los otros y denuncia la infernal lógica de la violencia.

En tiempos en que parece hegemónico el evangelical star system, con toda su exaltación idolátrica y veneración del lujo que alcanza grados grotescos, es imprescindible hacer memoria de esos justos que con sus pequeñas rectitudes, con sus obediencias semejantes al breve grano de mostaza, abren paso a frondosos y bien enraizados árboles. Tal vez un poema, de Jorge Luis Borges, nos ayude a reenfocar nuestras miradas.

LOS JUSTOS
Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Carlos Mnez. Gª es sociólogo, escritor, e investigador del Centro de Estudios del Protestantismo Mexicano.

Gentileza: Protestante Digital.
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